Siempre amé el viento. La brisa en el cuerpo, la tierra cantándome al oído. Días grises, pero con brisa.
Me dieron ganas de conocer la Patagonia recién cuando me contaron que la gente pasaba días enteros en sus casas por el viento helado. Incluso trataron de asustarme diciéndome que ciertos vientos fríos pueden detenerte el corazón.
No me asustó nada. Por el contrario, me pareció una de las formas más sinceras de morir.
Un par de años atrás, en esos cuestionarios que dan vuelta por la web entre amigos me preguntaban que don de la naturaleza quisiera tener. “Como don, el fuego. Pero ser viento.”
El viento corre, invade y huye sin ser visto, pero sin pasar desapercibido. Cuando empecé a maravillarme con la literatura ácrata veía en el viento una metáfora inmejorable.
A principios de este año, me crucé con dos personas –ahora amigas- que me legaron las enseñanzas de los mayas. Los mayas tenían un calendario lunar. Siempre me habían caído bien por eso (13 meses de 28 días, tomando en cuenta los ciclos de la mujer; más un día fuera de tiempo); pero descubrir más a fondo su cosmovisión fue muy lindo. Veinte sellos. Cada uno de ellos, un elemento vital del universo.
“Vos tenés cara de viento”, me dijo Pía (la menor de las hermanas, un espejo auténtico). Unas horas y cálculos más tarde, la profecía se cumplió.
Para los mayas soy Viento Cósmico Blanco.
El poder del espíritu, el aliento de vida, la respiración. El azar derivando en trascendencia.
Mi acción es comunicar, movilizar con la palabra encontrando el sentido espiritual de cada experiencia en la vida.
Como si lo hubiera sabido siempre…
lunes, 1 de septiembre de 2008
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